Reseña de El Heresiarca y Cía: Apollinaire entre la erudición, el sacrilegio y la bufonada sangrienta

Ser lector es una profesión inacabada, e incluso cuando uno ha pasado ya el ecuador de su vida física —aproximada y optimista—, y cree que lo ha leído casi todo, o que sabe razonablemente lo que ha escrito cada uno, siempre se encuentra con algún nombre conocido que lo sorprende.
Guillaume Apollinaire es el escritor famoso que he descubierto a mis cuarenta y cinco años. Conocí su nombre por primera vez en el Bachillerato, en la clase de literatura, cuando entre los escritores de vanguardia europeos destacaba por la extravagancia de su poemario Caligramas, pero el mismo Bachillerato nos escamoteaba lo más interesante de su producción: sus cuentos sacrílegos, eruditos, puntualmente pornográficos, ofensivos, fantásticos y bufonescos.
Así son los relatos que se recogen en El Heresiarca y Cía, aparecidos durante la primera década del siglo XX en distintas publicaciones francesas. En ellos descubrimos a un escritor audaz y socarrón, versado en temáticas eruditas relativas a los mitos griegos, judíos y medievales; que no vacila en exponer parafilias, crímenes horrendos, incestos nauseabundos, impostores tan peligrosos como divertidos, leyendas con mensajes de dudosísima moralidad e incluso prefiguraciones del cine snuff, como uno de los relatos de El Anfión falso mesías, que tiene como protagonista al indecente antropófago, criminal, farsante y zascandil Barón de D’Ormesan.
En los primeros relatos de este volumen, desde El paseante de Praga hasta Simón Mago, predomina el cuento erudito sobre personajes legendarios como El Judío Errante, el problema teológico o las leyendas medievales. En algunos momentos, llega a recordarme a Álvaro Cunqueiro, pero allí donde el escritor gallego pone énfasis en la risa o la belleza, Apollinaire deja asomar un punto de truculencia.
Esta es la que pasará poco a poco a dominar los siguientes relatos como El marinero de Ámsterdam, Historia de una familia virtuosa, de un cuévano y de un cálculo o las ya citadas historias de D’Ormesan, el falso mesías que graba crímenes reales con el cinematógrafo y los exhibe por todo el mundo. La depravación y el horror se hacen presentes de manera casi casual, contados en un tono de anécdota o envueltos en una historia tan interesante como culpablemente divertida.
Estos cuentos reflejan en cierto modo el grado de envilecimiento y perversión al que podía llegar la triunfante burguesía rentista de la Belle Époque, cuyos brillos diabólicos perecerían en las trincheras de la I Guerra Mundial.