Donde hablo de mi novela inédita La conquista del Heartland. Sonata de Pekín, que trata cuestiones relativas a la geopolítica y las contradicciones insalvables de la derecha alternativa o derecha punk.

Ayer sábado 13 de septiembre vi un vídeo y algunas fotografías que me dejaron patidifuso. Varias decenas de madrileños organizaron una especie de responso improvisado y un minuto de silencio frente a la embajada de los EEUU por el asesinato de Charlie Kirk. Este hecho me llevó de inmediato a pensar en el grado de penetración alcanzado en España por las tendencias políticas y sociológicas estadounidenses, como si las hamburguesas, los bagels y las tartas de manzana con doble de azúcar hubiesen sustituido a nuestros potajes, pescados al horno y tartas de Santiago.

Pensé que era una imagen sinécdoque de la tendencia epocal del hemisferio occidental: la definitiva estadosunización de la sociedad española que se ha llevado a cabo introduciendo injertos de mercancía averiada en la vieja piel de toro. Pensaba para mis adentros: «Hemos importado toda la basura americana sin preguntarnos si era conveniente». Luego me matizaba a mí mismo: «Bueno, quizás no haya sido pura importación, sino que también ha habido imposición».

Esto último me lleva a pensar en los mecanismos que durante la Guerra Fría llevó a cabo el conglomerado de seguridad, diplomacia y planificación estratégica de Washington para captar futuras élites periodísticas, políticas y financieras de los países que tenían en el punto de mira. En un libro relativamente reciente, De la Guerra Fría al calentamiento global, Lorenzo Delgado y Francisco Rodríguez-Jiménez se encargan del capítulo correspondiente a la captación de líderes y redes de influencia de EEUU en España en el ámbito científico desde los años sesenta. La labor de zapa, sin embargo, en todos los ámbitos de la realidad, ha sido constante desde entonces, orillando poco a poco, por razones de tipo geopolítico, a redes de influencia de otros países, en particular, Francia y Alemania. 

El punto de inflexión fue seguramente la espectacular crisis financiera global de 2008, cuando los grandes fondos de inversión estadounidenses entraron en España y compraron de todo a precio de saldo. Desde entonces, la influencia de Washington en nuestro país ha sido y es arrolladora. Prácticamente todas nuestras grandes empresas y bancos tienen participación significativa de fondos gringos; una masa no despreciable de jóvenes domina el inglés mejor que lo hacían sus padres; y las tendencias políticas, también con renovación generacional, se han alineado con las de EEUU. 

Esto nos lleva a hablar de cómo nuestra «izquierda» ya no habla de derechos de los trabajadores, clases sociales, reparto fiscal equitativo o soberanía de los países del Tercer Mundo, sino que se preocupan de la «visibilización» de los colectivos «racializados», los gays y lesbianas, transexuales, micromachismos y otros delirios importados de California y de los laboratorios del Dr. Caligari que tiene el Partido Demócrata. 

Por otra parte, nuestra «derecha» ya no habla de tradición, religión, atención a las familias y a los desfavorecidos ni de la soberanía nacional. Ahora hablan de tenencia de armas, de desregular los mercados para que se pueda comprar y vender lo que te dé la gana, de God Bless Hispanic nations y de la conspiración izquierdista mundial aliada con los rebanacuellos de Al-Qaeda y sus múltiples avatares.

Es todo un zurriburri espantoso, un engendro salido de la imaginación morbosa de El Bosco, el peor arroz con cosas de la historia de la cocina para solteros. 

Lo peor de todo es que también estamos importando el espíritu guerracivilista con características gringas. ¡Como si no tuviéramos suficiente con el nuestro! Así, periodistas influencers como Javier Negre —un tipo particularmente ridículo, por otra parte—, llamaba desde Washington, tras conocerse el asesinato de Charlie Kirk, a «declarar a la Izquierda como organización terrorista», muy en la línea de los más tontos del movimiento MAGA. Una respuesta de lo más proporcionada —guiño, guiño— a los que desde la «izquierda» justificaban el asesinato del joven gringo por ser un «fascista lapidagays» o algo así. 

En un artículo a propósito del caso, Jasiel Paris detallaba el delirio en el que se hayan inmersos ambos grupos o racimos de grupúsculos, y concluía expresando un deseo que comparto: esperemos que, en el infortunado caso de que haya una guerra civil, solo sean estos alucinados los que vayan al frente. 

Lo peor de todo es que ni siquiera en la más impermeable Asia oriental, donde resido desde hace casi dos décadas, estas locuras también encuentran su nicho entre una parte de los habitantes de países vasallos de los EEUU. Es particularmente irritante ver a manifestantes en Corea del Sur protestar en las calles, desde enero de este año, con banderas de EEUU y pancartas en inglés contra las relaciones con China, al mismo tiempo que un grupo de mujeres presenta una demanda histórica contra el ejército estadounidense cuyas bases en el país mantenían a esclavas sexuales desde los años sesenta, o que trescientos trabajadores surcoreanos que estaban construyendo una fábrica en el estado de Georgia hubieran sido detenidos, esposados y deportados sin motivo alguno

Este último ejemplo me es muy doloroso por la importancia que Corea del Sur tiene en mi biografía y en mi educación sentimental. Todo lo que tocan los gringos, por muy bello que sea, acaba pudriéndose. Y lo peor de todo, para ellos mismos, es que lo bello que ellos producían también ha sido corrompido por sus propios delirios ideológicos, psicológicos, sociales y religiosos.

El año pasado escribí una novela, aún inédita, titulada La conquista del Heartland. Sonata de Pekín en la que trato, entre otras cosas, de geopolítica euroasiática y de las contradicciones insalvables de la llamada «derecha alternativa» o «derecha punk». Su protagonista, Lope Carvajal, es un joven criado en una familia disfuncional, la que a partir de los 2010 comienza a abundar en una España en decadencia y muy penetrada por las tendencias más socialmente disolventes del capitalismo. Es un joven interesado en la historia y la geopolítica, muy influenciado por los movimientos patrióticos —en particular por VOX—, pero que empieza a intuir que las cosas no son tan sencillas. Le habían dicho que el comunismo equivale a pobreza y represión, pero China es un gigante económico y tecnológico que no para de crecer, por lo que decide trasladarse allí.

En Pekín descubrirá que la influencia estadounidense en la que él vive no se extiende al corazón de la Tierra (Heartland) y que el mundo no se acopla al lecho de Procusto en el que él lo ha metido.

El azar le pondrá frente a personas que irán destruyendo su caparazón ideológica: su compañero de piso iraní, Farid, destruirá su convicción de que el Islam es el mal químicamente puro; sus amigas Meng Mi y Xiao Zhang destruirán la idea de que China es una sociedad opresora; la rusokazaja Angelina le mostrará que el tradicionalismo religioso es incompatible con el postureo de la derecha alternativa: creer en Dios es una cosa muy seria, no un puñado de consignas para Internet que además es totalmente incompatible con el mercado anárquico que también defiende la derecha punk. 

El viaje de Lope Carvajal es emocional, ideológico, físico y familiar. Todo lo que está ocurriendo en torno al asesinato de Charlie Kirk y las reacciones que ha suscitado confirman que mi tratamiento del personaje de La conquista del Heartland como una alma atormentada por los delirios de nuestro tiempo ha dado en el clavo.

Espero que el año que viene pueda ser publicada, y que pueda decir que el momento más peligroso ha pasado, que el futuro es más brillante de lo que creemos ahora. Temo, mucho, que me equivocaré.

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