El último clavo en el ataúd del momento unipolar

El tarugo Donald Trump se va a convertir, muy previsiblemente, en el cordero sacrificial de la debacle norteamericana. Las culpas por la caída del imperio recaerán sobre su cabeza rubia y alborotada, sobre su tez naranja y sus fofas y avejentadas carnes. Pero no se dejen engañar por la retórica que envolverá al reparto de culpas: la hegemonía estadounidense venía apagándose desde hace tiempo.
Los 90, la década más loca de la lujuria económica globalizadora, reluciente instante de la 2ª Belle Époque, quedan ya muy lejos. Eran los tiempos de Los vigilantes de la playa, el cine testosterónico, los portaaviones incontestables en cualquier vía marítima del mundo, Clinton bailando la Macarena y Yeltsin dirigiendo a la orquesta del Rustanic.
Nada ha vuelto a ser igual en el Atlántico Norte, un océano siempre brumoso, traicionero y peleón, pero que en aquellos tiempos brillaba como si su lecho estuviese hecho de gemas.
Ahora, por el Atlántico, solo se pasean cruceros con hantavirus, cayucos con inmigrantes subsaharianos y lanchas del narco: un espectáculo más digno de Mad Max que de la triunfante era del comercio decimonónico de la vela y el vapor.
Estados Unidos ha ido de cabeza a su declive, y ahora con Trump y su desastrosa operación en Irán, se está yendo por el desagüe con triple mortal y doble tirabuzón, mientras el cheeto-golem publica mensajes delirantes en su red social, sus allegados se forran con la manipulación de los futuros del petróleo e Israel se enfanga en sus alucinaciones bíblicas y sangrientas.
Irán está martilleando el último clavo del ataúd del momento unipolar. Una potencia de rango medio ha sido capaz, por primera vez desde 1991, de poner en solfa la táctica favorita del Tío Sam: el shock and awe (conmoción y pavor). Les salió bien en la Guerra del Golfo, les salió bien (al principio) en la Guerra de Irak, les salió bien (al principio) en la Guerra de Libia, les salió bien (al principio) en la II Guerra de Afganistán, pero se han topado con un muro tozudo y respondón en la forma de la República Islámica de Irán, que no solo ha resistido el empuje sino que ha respondido destruyendo o dañando significativamente las bases militares estadounidenses en todo el golfo Pérsico, castigando duramente a Israel y cerrando el grifo del estrecho de Ormuz.
Desde entonces, si ya antes daban tumbos, la Administración norteamericana se ha comportado como un borracho faltoso y fanfarrón, ora cediendo, ora amenazando, pero siempre echándose atrás cuando los iraníes veían sus continuos faroles.
Desde los tiempos de Obama, los EEUU se han convertido en un país incapaz de cumplir los acuerdos a los que llega, pero con Biden y ahora con el segundo Trump, EEUU es un país incapaz siquiera de negociar: ahora sí, ahora no, ahora te amenazo con sanciones, ahora te digo que podemos llegar a un acuerdo, luego me olvido y paso a otro tema, y luego te intento asesinar, como a Putin en Valdai, te asesino, como a Ali Jamenéi en Teherán, o te secuestro como a Maduro en Caracas.
El propio Donald Trump, con esa impudicia de mafioso neoyorkino que lo caracteriza, afirmaba recientemente que, en efecto, son “como piratas”. Sin el como, Donald, sin el como.
En cualquier caso, EEUU no ha podido con Irán, y como es incapaz de hacer diplomacia y su ejército no está preparado para operaciones militares de desgaste a largo plazo, no le queda otro remedio que mover la cola furiosamente para que el humo nuble la visión de sus nalgas sucias.
Nadie confía ya en los EEUU, nadie cree en su sano juicio que el Tío Sam los vaya a proteger de “los malos”, nadie soporta ya la soberbia de esta máquina de mentir, matar y saquear, pues no otra cosa es los EE. UU. del Norte de América desde su infausta fundación en 1776.
Morid ya y dejadnos en paz.