Presentación de mi nuevo libro ¡Sayako! y otras narraciones sencillas

¡Sayako! y otras narraciones sencillas, Ediciones Catay, 2025. Disponible en Amazon en tapa blanda y Kindle.

En enero de este año 2025, tras la pandemia y otras tribulaciones, pude por fin regresar a Japón, país que, desde que me mudé a Taiwán en 2012, visitaba todos los años. Era esta una visita para reconectar con viejos amigos de Tokio y con mi «familia de Kioto».

En esas fechas, me hallaba dando los últimos retoques a mi novela, aún inédita, La conquista del Heartland. Sonata de Pekín, y aún no tenía en la cabeza ningún otro proyecto literario, salvo retomar los que se habían quedado en el tintero.

El viaje a Japón tras un hiato de cuatro años y sin proyectos a la vista me espolearon a leer algo de literatura japonesa, la cual hacía mucho tiempo que no tocaba. En mis estanterías reposaba indolente Tokio Blues. Norwegian Wood, la novela icónica de Haruki Murakami que le dio fama mundial y una legión de lectores en todo el mundo. 

Siempre me dio mucha pereza —y me la da— leer a autores contemporáneos, y si son famosos, todavía más. Sin embargo, tenía una especie de deuda con Murakami desde que un buen amigo y lector de mis horribles novelas me dijese un día que «se notaba mucho la influencia de Murakami en mi escritura». 

Este diagnóstico me dejó turulato, pues los únicos libros que yo había leído de Murakami eran De qué hablo cuando hablo de correr —un ensayo biográfico sobre su afición a correr maratones que leí para preparar un programa de deportes— y Después del terremoto —lectura obligada por la tertulia literaria a la que pertenezco aquí en Taipéi—, y ninguno de los dos me impresionó demasiado, por no decir nada. Además, los tenía muy olvidados en el momento en que mi «vocación literaria» se despertó allá por el año 2021. 

El caso es que aproveché el viaje a Japón para desempolvar Tokio Blues. Como me gusta llegar con mucha antelación a los aeropuertos, comencé a leerlo en la terminal de Taoyuan dos horas antes de mi vuelo. Antes de aterrizar en Tokio ya había leído unas cien páginas que me dejaron un regusto ambiguo. 

Por una parte, reconocí algunas de las técnicas, temas y giros que yo mismo utilizo en mi deslavazada escritura, y por otro experimenté un cierto rechazo hacia los personajes, todos atribulados por problemas mentales y familiares, sin que pudiera hacerme una composición de lugar del Japón de los años sesenta.

Esto último es parte de mi propia manera de entender la novela y cuento literario, y seguramente, parte innegociable de mi weltanschauung: el sentido de la Historia. De esta manera, todas mis historias —mal contadas, ya lo sé— están siempre históricamente enmarcadas. Pero no había nada en Tokio Blues de este jalón. Se centraba por entero en la relación a tres bandas entre el narrador, Toru, y los cuatro personajes principales que lo rodean, todos ellos con algún tornillo suelto. Es como si Murakami no pudiera crear un personaje normal cuya historia fuese atractiva para el lector.

Así, nada más aposentarme en el hotel en el que siempre me alojo cuando visito Tokio, comencé a dar forma a una reseña crítica de la novela. Sin embargo, sería la propia ciudad la que se encargaría de ir modificando mis planes.

Como en febrero tenía planeado otro viaje a España, mi hermana aprovechó para encargarme la compra de una crema de Shiseido, marca cosmética japonesa que era sin duda más barata de adquirir en Japón que en Europa. Quise hacer este recado el primer día. En los grandes almacenes Mitsukoshi del barrio de Ginza compré la crema. 

Después, como mi esposa no había traído la ropa de abrigo adecuada para el frío tokiota, nos dirigimos al Uniqlo más cercano. Ya en la tienda, tuve una visión: una de las dependientas ostentaba un parecido curiosísimo con el personaje del anime Frieren, más allá del fin del viaje: era bajita, de cara redonda, con el pelo largo y liso entre cuyos mechones sobresalían dos orejas de soplillo que recordaban a las orejas del personaje élfico del anime.

Entonces hice la conexión. Convertiría la reseña de Tokio Blues en una crítica incrustada en un relato corto cuya premisa sería la llegada de un español a Japón con la misión de comprar una crema de Shiseido para su hermana. Y la dependienta que lo atiende no es otra que la falsa elfa Frieren. Las conversaciones de ambos girarían entorno a la novela y a los quehaceres del escritor en general.

Nada más llegar al hotel esa noche, saqué una libreta y comencé a escribir la historia. Como le ha ocurrido, sin duda, a muchos escritores —buenos y malos—, la necesidad de dar forma a una idea original se traduce de inmediato en su ampliación, tanto temática como emocional. Y así fue como la reseña de Tokio Blues se convirtió en mi novela corta ¡Sayako!, en la que el diagnóstico, ya entonces muy matizado, sobre Murakami, queda reducido a una parte pequeña de la narración, aunque sin abandonar su espíritu contreras.

¡Sayako! quiere reivindicar el interés de las historias sencillas, sin personajes enloquecidos, atribulados o extravagantes: solo dos seres humanos que contribuyen a la masa humana de nuestro tiempo, pero que en el tiempo en que transcurren sus vidas tratarán sobre muchos temas que abarcan el mundo, desde lo más nimio hasta lo más grandilocuente, sin perder de vista que el ser humano piensa sobre todo en cosas tan vulgares y tan reales como el recibo de la luz.

Por otra parte, no quería dejar de compartir con los lectores mis sitios favoritos de Tokio, que no son los turísticos, ni mucho menos. Cuando viajo a la gran capital lo hago movido por la visita a los amigos y por el puro placer de caminar por sus calles y moverme en metro y JR. Como en mis libros anteriores, procuro describir las ciudades de la manera más cotidiana posible, huyendo como quien se quita avispas del culo del exotismo o de los lugares representativos, factores ubicuos en la «literatura expatriada». 

Acompañan a la novela corta dos relatos de factura anterior, también dictados por las «circunstancias». Mi conciencia enlojada1 está escrito después de conocer la muerte por suicidio del actor coreano Lee Sun-kyun, del que yo era admirador. En este cuento intento aunar ingredientes muy queridos para mí, como son la salvación por el amor, la ciudad de Seúl, la literatura de terror existencialista pasada por el filtro de Michel Houellebecq y el humor. 

Por último, Las memorias de Sarkozy —cuyo título original era El sarao— se me ocurrió tras leer la noticia de la presentación de las memorias del expresidente francés en Madrid. Siempre me ha gustado mucho escribir escenas en saraos de todo tipo, pues es un ejercicio literario muy importante para el arte de la descripción de personajes que mi ídolo Pío Baroja dominaba como nadie, de ahí que el epígrafe del cuento pertenezca a uno de sus libros más estimulantes en este sentido: Locuras de Carnaval.

Ambos tienen en común con ¡Sayako! su sencillez en el sentido antes expuesto, además del recurso al humor y a la descripción de la vida cotidiana sin aspavientos formales.

Espero que las tres narraciones capten la atención del lector, lo entretengan y lo lleven a otros de mis textos.

  1. Este relato estuvo hasta hace poco disponible de manera gratuita para los que se suscribían a mi web. Ahora ha sido sustituido por La vecina roja, un cuento de terror ambientado en el pueblo taiwanés en el que resido desde 2023. Solo tienes que ir al apartado «Contacto» en mi web y suscribirte. Recibirás un correo electrónico para descargarlo en pdf. ↩︎

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