
Desde que en 2004 me acostumbré a leer con fluidez en inglés, mi radio de acción como lector de libros de historia se amplió sobremanera dada la potencia material del mundo editorial y académico anglosajón. A lo largo de más de veinte años leyendo historias generales de distintos países me he dado cuenta de una serie de regularidades, lugares comunes, fórmulas repetitivas y aproximaciones habituales a la interpretación de la historia de dichos países. En especial de aquellos que son rivales del mundo anglosajón, pero lo mismo vale para sus «aliados».
Debe fijarse uno muy concienzudamente en el prólogo y el epílogo de cada obra, que es donde se condensan las tesis que el historiador quiere infundir en el lector. Ahí es donde se debe estar en guardia y analizar cada una de las frases, de los términos y de los razonamientos que el académico emplea. Poco a poco, el lector se dará cuenta de cómo el mismo utillaje es utilizado por distintos historiadores. La misma idea fuerza es deslizada tanto en una historia de China como en una de Rusia, en una de Turquía como en otra de Japón, México o Rumanía. Todas ellas están escritas por expertos diferentes procedentes de diversas universidades de EE. UU., Gran Bretaña, Australia, Canadá, etc. Pero una gran mayoría de ellas coinciden en su marco de referencia y sus latiguillos.
No se trata de que los instrumentos del historiador sean los mismos, o que las técnicas de interpretación de documentos sean las mismas, pues en general, estas no suelen ser obras donde el trabajo de archivo cobre importancia. Todo lo contrario, son obras de carácter generalista donde rara vez se cita un documento, sino más bien otras obras de carácter general o parcial. Es decir, son obras de filosofía de la historia, aunque de una filosofía centrada en un país concreto.
Cuando Orlando Figes, historiador británico experto en Rusia, dice que «pareciera que la historia rusa repita un mismo ciclo de autocracia» no está haciendo historia fenoménica. No existe ningún documento histórico que diga: «La historia rusa es cíclicamente autocrática», sino que Figes está haciendo una interpretación global. ¿Pero cuál es la naturaleza de esta interpretación? ¿Es científica? No, la historia trabaja con documentos (con reliquias y relatos, que diría Gustavo Bueno), y ya hemos señalado que no existen documentos del tipo arriba señalado. A no ser que hagamos una historia de los libros de interpretación histórica escritos sobre un país concreto. Pero la pregunta no se disuelve: ¿cuál es la naturaleza de esos libros?
Gustavo Bueno señala que son filosofía de la historia, que el quehacer de los historiadores está atravesado por ideas filosóficas, unas más finamente utilizadas que otras, pero ideas filosóficas al fin y al cabo.
Ahora bien, estas ideas pueden confundirse o utilizarse de manera que el filosofar se convierta en un ideologizar cuando el marco que se aplica es pobre o ignora sus propias contradicciones o agujeros. Entramos en el terreno de la ideología.
Esto es cada vez más evidente cuando en las historias generales de los países lo que prima es la política, seguramente la disciplina ideológica por antonomasia. Así, términos como «autocracia», «autoritarismo» o «totalitarismo» poseen una carga ideológica considerable que los saca del ámbito de la filosofía política (y por supuesto de la fantasmagórica «ciencia política»).
No solo son las palabras, sino también algunas ideas que se repiten, como el hecho de que un país concreto (insisto, no anglosajón) esté determinado o «atrapado» por su historia, como el caso citado de Rusia según Orlando Figes, pero también de Japón en el caso de Taggart Murphy (Japan and the Shackles of the Past) y muchos otros que se podrían citar. Estos países que no se homologan al sistema político de EE. UU. o Gran Bretaña son «prisioneros de su historia», normalmente «autoritaria» o «conservadora». Pareciera como si EE. UU. o Gran Bretaña no estuvieran modelados por su propia historia, sino que, por alguna especie de supervirtud democrática, se automodelan todos los días cuando sale el sol, sin estar determinados por lo que pasó ayer. O quizás «miren hacia el futuro», como si el resto de países no hiciesen planes a futuro, aunque sea en el pacato y raquítico plazo de los cuatro o cinco años hasta las próximas elecciones.
Estoy seguro de que si a Orlando Figes se le plantea esta objeción la aceptará, pero en su libro, leído por miles de personas en todo el mundo, ya está deslizada la idea de que Rusia es prisionera de su historia autocrática y de que no mira al futuro. O algo así. Y eso cala en el lector poco atento que además suele quedar obnubilado por el hecho de que el autor del libro es historiador y, además, de Oxford. Y por lo tanto, lo que dice en materia de historia de un país va a misa.
Pero lo cierto es que estas afirmaciones, estas ideas deslizadas dentro de libros con apariencia tan seria —a menudo patrocinados por otros historiadores, publicaciones de prestigio, periodistas de reconocida alcurnia, etc, en la miríada de elogios que suelen acompañar a las ediciones en inglés— no son historia, ni siquiera filosofía de la historia, sino ideología, o peor aún: guerra cognitiva.
Nuestros prejuicios con respecto a un país quedarán así confirmados por el prestigio del historiador. Si Japón es un país «conservador» e «inmovilista» no pretendan que Ian Buruma les saque del error, sino que les dé argumentos sofisticados para persistir en él. Si creen que China es una cárcel al aire libre, Frank Dikotter les dará todos los pseudoargumentos que necesiten para solidificar tal posición.
No es historia, es guerra cognitiva de alta sofisticación, pues el libro de historia posee un peso casi moral que no posee el periódico, la televisión o un blog de Internet. El libro de historia es una anciana venerable que lleva la verdad clavada en su bandera. Nada más lejos de la realidad. La historia siempre ha sido un campo de batalla y lo sigue siendo. Los países anglosajones, dueños del mundo en los últimos doscientos años, han dado forma a la visión que se tiene sobre otros países para servir a sus intereses, y de ahí el extraordinario parecido que encontramos en los términos, marcos y argumentos utilizados por historiadores y «expertos» de sus universidades y de su mundo editorial.
Lo extraordinario es que hacen pasar por académico aquello que es claramente ideológico, lo cual me hace recordar un chiste de la época soviética que ya creo haber contado en otra ocasión: un ruso llega a Nueva York para estudiar en la universidad. Por la calle le saluda un americano y le pregunta qué va a estudiar en la universidad. «Oh, vengo a estudiar sus técnicas de propaganda», responde el ruso. «¿Qué propaganda?», replica sinceramente sorprendido el norteamericano. «A eso me refiero precisamente».