
Érase una vez un samurái llamado Tasogare que servía a un señor muy rico, con unas rentas de más de dos mil koku de arroz. Y este era un señor de las regiones del sur, del clan Toho, y también tenía limoneros y melocotoneros, y las fresas silvestres menudeaban en las lindes de un hermoso bosque. Tasogare tenía a su cargo proteger los frutales. Y todas las noches de verano, atraído por el olor de los melocotones, se iba hasta el árbol y acariciaba su piel con esa pelusilla suave que tienen. Y le gustaba verlos a la luz de la luna.
El samurái Tasogare estaba enamorado de una muchacha que pertenecía a un clan rival, con el que su señor guerreaba de vez en cuando. Él la espiaba, pero no podía poseerla, por lo que satisfacía sus ansias de belleza acariciando los melocotones.
Un día, su señor fue a la guerra con el clan rival de los Kuroda y los derrotó, destruyó sus poblados y mató a sus gentes. Y el shogun se enfureció porque buscaba el orden y tenía miedo de que Japón volviese a los tiempos de guerra generalizada. Y llegó con todos sus ejércitos, castigó al señor Toho obligándolo a entrar como monje en un monasterio y desterró a sus samuráis a tierras inhóspitas del norte.
Y nuestro samurái ya no pudo volver a espiar a su amada, que no sabía si aún vivía o había sido muerta en la guerra, y en el norte no había frutales, por lo que antes de partir robó dos melocotones. Y en las frías tierras del norte los acariciaba todas las noches. El pobre languidecía intentando sacar fruto de la dura tierra. Hasta que un día llegó un carromato del que se bajó una hermosa mujer. Entró en su casa pidiendo sopa caliente. Entonces se descubrió, y era la mujer que él espiaba y amaba. Y esta le dijo: ya no estarás más tiempo solo, y podemos comernos los melocotones, porque esos que acaricias todas las noches son mis pies cansados, que ahora han llegado hasta ti.
*Cuento intercalado en la mi novela de próxima aparición, «Precursora del Sol».