
Hay escritores que por calidad o por el mito cultural que los rodea tienen el honor de nombrar habitaciones de hoteles. Yo no seré uno de ellos.
Estos días converso con otro amigo sobre las razones para escribir cuando ni siquiera se tienen perspectivas de ser publicado, o incluso siendo publicado, de trascender el reducido círculo de familiares, amigos e incautos ocasionales en las redes sociales.
De alguna manera persiste en nosotros una vaga esperanza de ser publicado o de trascender el mencionado círculo, y este es un factor que influye en nuestra perseverancia.
Mi caso es el de quien, en su juventud, albergó alguna vez sueños de ser escritor, pero pronto los enterró por considerarse incapaz de escribir siguiera una historia de dos o tres páginas, así que dediqué todos mis esfuerzos a otro tipo de escritura: la periodística-ensayística-académica, por otra parte sin demasiado éxito.
No fue hasta el año 2020 o 2021, pasada la barrera de los 40 años de edad que, por puro placer y diversión, escribí un par de historias. Su buena acogida por parte de algunos amigos, me animó a escribir otras, las cuales terminaron publicadas. Esta posibilidad de publicar espoleó como nunca mis ganas y recuperó viejos sueños olvidados.
Desde entonces he escrito varios relatos, una novela corta, dos novelas largas y ahora estoy embarcado en la escritura de una saga de novelas históricas. No cabe duda de que la posibilidad de publicar fue un factor importantísimo en el crecimiento de esta vieja nueva pasión mía.
El problema ahora ya no es tanto la duda de si tus escritos verán o no la luz, sino si llegarán a algún lado. Pero sobre todo, el valor que puedan tener. Aquí se me abren varias posibilidades: pensar que algún valor tendrá, aunque sea negativo; que tienen mucho valor, pero que aún no ha sido descubierto; que no tienen ningún valor y que mejor dedicaba mi tiempo a invertir en bolsa, como el vecino, que está forrado.
Bueno, como hoy estoy pesimista, creo que ninguna habitación de hotel llevará algún día mi nombre. Joseph Conrad es de los más fructíferos. Tiene una habitación en el Raffles de Singapur, y hasta hace algunos años, tenía un salón en el Hotel Oriental de Bangkok. El hotel Villa Fontaine-Otemachi de Tokio nunca tendrá una habitación con mi nombre, tampoco el Moxy de Taichung, el Ibis Nana de Bangkok, o el Eurostars de Mejía Lequerica en Madrid. También dudo de que la ciudad de Taipéi o la municipalidad de Sanxing pongan una placa en los apartamentos en los que viví.
Escribo mierda, pero la mierda también es parte de este mundo. Además, cuando la Tierra sea consumida por el Sol, ya no quedarán hoteles ni placas en las calles y las casas que recuerden a Joseph Conrad, a Pío Baroja o al actor Peter Ustinov.
¡Pero y lo bien que nos lo hemos pasado, eh! O como diría el otro: ¡que nos quiten lo bailao!