Orgullo, prejuicio y una noche de primavera

Reseña de la serie de 2019, Una noche de primavera, y análisis de los conflictos humanos, culturales y sociales que atraviesan con sutileza esta bonita historia de amor.

Han Ji-min y Jung Hae-in en ‘Una noche de primavera’

Recientemente he visto por segunda vez los dieciséis capítulos de la serie coreana Una noche de primavera, emitida en 2019 y disponible en Netflix. Este segundo visionado me ha permitido no solo revivir las numerosas emociones que me suscitó la primera vez, sino también captar muchos más matices, atender a las motivaciones y cambios de los personajes, y tener en cuenta las sutilezas tanto del marco cultural coreano como de las cicatrices sociales dejadas por la historia reciente del país.

Una noche de primavera no es un k-drama al uso. Acostumbrado a la plantilla habitual del drama romántico en el que dos personas de distinta clase social pasan por varias pruebas para acabar juntos, recurriendo a clichés, dramatizaciones exageradas y giros habituales, la serie de Ahn Pan-seok propone desde los primeros compases algo muy diferente, tanto en el contenido como en el continente. Cuenta con planos largos en los que los actores pueden lucirse, cortes justos y una puesta en escena natural, dejando los primeros planos para momentos de énfasis necesario en la trama y en la reacción de los personajes. La música se reduce a tres o cuatro temas de estilo pop que se van repitiendo en diferentes escenas, dependiendo del estado de ánimo que se quiere infundir, pero que en ningún momento suponen un abuso dramático, como es habitual en el género.

A primera vista, y desde el punto de vista de la trama, Una noche de primavera se emparenta con las historias de amor al uso, pero la complejidad que introduce en los personajes y la crítica social explícita y velada la distinguen claramente de otros productos más comerciales.

Lee Jeong-in (Han Ji-min) es la segunda de tres hermanas de clase media acomodada, ronda los treinta años y trabaja como bibliotecaria en Seúl. Mantiene una relación sentimental desde hace cuatro años con Kwon Gi-seok (Kim Jun-han), ejecutivo de un banco, cuyo padre preside una fundación educativa bajo cuyo paraguas se erige el instituto de enseñanza secundaria Suyeong, dirigido por Lee Tae-hak, padre de Jeong-in.

En el primer capítulo, seguimos a esta última hasta el apartamento de su compañera de trabajo, donde cenan y se emborrachan, no sin antes hablar de lo aburrida que es la relación entre Jeong-in y su novio, la cual se ha vuelto tibia y rutinaria, envuelta en la expectativa social y familiar de una boda inminente hacia la que ella no siente entusiasmo.

Al día siguiente, ella se despierta bien entrada la mañana en casa de su amiga y sale corriendo porque llega tarde a trabajar. Al llegar a un semáforo, se da cuenta de que la resaca es muy fuerte, así que entra en una farmacia y pide algo para el dolor de cabeza. Le atiende el farmacéutico Yu Ji-ho (Jung Hae-in), pero cuando va a pagar, se da cuenta de que ha olvidado la cartera en casa de su amiga. Jeong-in promete que pasará ese mismo día a pagar cuando la recupere. Ji-ho la deja irse sin pagar e incluso le da dinero para el taxi. Jeong-in le pide su número de cuenta para hacerle una transferencia, pero el farmacéutico se limita a darle su número de teléfono. Más tarde, ella le envía constantemente mensajes para que le dé el número de cuenta, pero él opta por no responder, lo que la obliga a regresar más tarde a la farmacia para pagar en persona.

Cuando Jeong-in vuelve a la farmacia a saldar la deuda, la química entre ambos es innegable. Ji-ho le confiesa que ha estado pensando mucho en ella. Jeong-in frena el acercamiento revelando que tiene pareja; a su vez, Ji-ho le revela su propio contexto: es padre soltero de un niño pequeño, una situación que acarrea un duro estigma social en la sociedad surcoreana tradicional.

Este es, en líneas generales, el planteamiento del conflicto, que se desarrollará a lo largo de otros quince capítulos, con una serie de consecuencias dramáticas para ambos protagonistas y las personas que los rodean. En un principio, cuando la relación entre Jeong-in y Ji-ho empieza a consolidarse, nadie los apoya.

En primer lugar, Jeong-in tiene un novio por el que ya no siente nada, pero que se resiste, por presión familiar, a ser abandonado y busca el matrimonio con ella a toda costa. En segundo lugar, Ji-ho es padre soltero. Sus amigos, familiares y compañeros de trabajo desean que encuentre una compañera, pero entienden que solo una mujer en circunstancias parecidas a la suya podría aceptarlo. Así, cuando empiezan a sospechar que tiene una relación, todos expresan su miedo a que Ji-ho vuelva a ser abandonado (como hizo la madre de su hijo). Por parte de Jeong-in, sus hermanas y compañeras de trabajo creen que es una locura y que pasará por un infierno de señalamiento social y familiar por enamorarse de un padre soltero.

Varios son los elementos que se entremezclan en este drama, y conviene analizarlos uno a uno. En primer lugar está el orgullo, que, no obstante, se manifiesta de forma diferente según el personaje en cuestión. En Jeong-in, el orgullo se manifiesta en forma de autoestima herida por la familia de su novio Gi-seok, la cual nunca la aceptó. En Ji-ho se manifiesta en forma de amor por su hijo. Siendo su único referente, Ji-ho no puede derrumbarse ni mostrar debilidad o temor ante nadie. Es un joven de clase trabajadora al que la vida se le puso cuesta arriba desde el principio; por ello, no deja pasar ni un solo desprecio a su persona. El orgullo de Gi-seok es un orgullo de clase. Cuando descubre que Jeong-in está enamorada de Ji-ho (con quien tiene amigos comunes), su insistencia para casarse con ella ya no estará motivada por la presión familiar para contraer matrimonio, sino por el orgullo de clase. Gi-seok no puede soportar que un chico de clase trabajadora con el estigma de ser padre soltero sea preferido por Jeong-in. A partir de este momento, todas las acciones, cada vez más inmaduras, de Gi-seok estarán movidas por su orgullo herido.

Por otra parte, está el prejuicio. No solo se manifiesta en Gi-seok, quien desde el principio, aun antes de descubrir que Jeong-in ha entablado una relación romántica con Ji-ho, trata a este con condescendencia y piedad. Incluso acusará a Jeong-in de no estar realmente enamorada de él, sino de que sus sentimientos son simplemente pena y compasión hacia la situación de Ji-ho. El resto de personajes, casi en su totalidad, manifiestan el prejuicio social hacia el padre soltero, incluyendo a los propios padres de Ji-ho, quienes, conscientes del estigma social que supone, sufren por el futuro de su hijo.

Seguramente, el personaje más odioso para el espectador occidental sea Lee Tae-hak, padre de Jeong-in. Es un hombre profundamente egoísta, conservador y temeroso de los estigmas sociales. Incluso cuando descubre que el marido de su hija mayor, Seo-in, la ha maltratado y violado, se niega a oír hablar de divorcio y exige que ambos cónyuges arreglen sus problemas, lo que desata amargas críticas de su esposa, la madre de las hermanas. Lee Tae-hak liga además su futuro tras la jubilación en la fundación del presidente Kwon a que su hija Jeong-in y Gi-seok se casen. Se pueden ustedes imaginar su reacción cuando descubre que su hija se ha enamorado de un padre soltero de clase trabajadora.

Cuando Tae-hak pide explicaciones a sus hijas por las decisiones que toman, el espectador occidental no solo espera una argumentación que tenga como base la autonomía y dignidad personal, sino que espera también una reacción emocional que exprese una indignación firme ante el autoritarismo del padre. No ocurre así en este caso. Tanto Jeong-in como su hermana Seo-in se mantienen firmes en sus decisiones, pero nunca intentarán romper definitivamente las relaciones con su padre. Entienden las razones que lo mueven a mantener sus posiciones y se disculpan porque, en el fondo, saben que su padre sufre, aunque sea por motivos egoístas. En vez de romper directamente, optan por aguantar el chaparrón y forzar a su padre a un fait accompli gradual que preserve una cierta piedad filial, valor supremo del confucianismo.

Yu Ji-ho nunca exigirá a Jeong-in una ruptura con su familia, sino que, por el contrario, se prepara para que lo acepten. Una boda sin consentimiento es solo el último recurso, cuando todos los demás se han agotado. Este marco cultural es imprescindible para conocer todos los miedos que acechan a los protagonistas, las pruebas que tienen que pasar y las actitudes que adoptan ante cada nueva dificultad.

Por todo ello, Una noche de primavera me parece una serie profundamente compleja, que espera la complicidad del espectador, pero sin regatearle las dificultades reales, hasta el punto de que nunca sabremos del todo, hasta el capítulo final, cuál será el desenlace, cosa que no ocurre con los k-dramas al uso.

También podemos rastrear en esta serie una larvada lucha de clases, aunque el guion nunca lo haga explícito. Yu Ji-ho procede de clase trabajadora. Es farmacéutico en una farmacia de barrio que no es de su propiedad. Sus padres regentan una lavandería de barrio. Su vestimenta es claramente la de una persona que no se preocupa por su aspecto, sino por llevar una vida digna dentro del marco social convenido. Jeong-in representa la clase media acomodada. Aunque sea una humilde bibliotecaria, su padre es director de un colegio privado y su hermana mayor presenta las noticias de un canal de televisión nacional. Sin embargo, Gi-seok ya procede de una familia muy adinerada. Su padre es presidente de una fundación educativa, vive en un chalé del centro de la ciudad con su correspondiente jardín y mantiene a un chófer y una criada. Además, se codea con políticos de alto rango y aspira a casar a Gi-seok con la hija de un diputado nacional. La serie no solo expone la situación social de la mujer coreana, sino que también defiende una mayor dignidad y nobleza por parte de la clase trabajadora sobre la clase adinerada.

Por todas estas razones, Una noche de primavera merece dos y hasta tres visionados, pues a todo ello se une el hecho de que estamos ante una hermosísima historia de amor, superación y amistad, con un guion inteligente de Kim Eun, la sensibilidad poética de Ahn Pan-seok en la dirección y las emocionantes canciones de Rachael Yamagata en la banda sonora.

Para mí, una obra maestra del k-drama.

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