La leyenda de Iliá Múromets y la «paciencia rusa» en Ucrania

Iconos dedicados a San Iliá Múromets, finales del s. XIX. (Dominio público)

Entre algunos analistas independientes de la geopolítica o de la política internacional, en particular aquellos que siguen con constancia, pero sin profundidad, la guerra de Ucrania, se manifiesta con virulencia la exasperación por la «paciencia estratégica rusa». ¿A qué esperan para acabar con el problema?, se preguntan siempre algunos de estos analistas, indignados e incrédulos ante lo que ellos consideran apatía o falta de voluntad.

Hay razones objetivas para esa denominada paciencia estratégica: consideraciones diplomáticas, cálculos militares, inercias políticas, factores no previstos, etc. Sin embargo, y sin ánimo de hacer psicología de los pueblos, he recordado hoy la leyenda rusa de Iliá Múromets, el héroe que se pasó treinta años de brazos cruzados antes de emprender sus grandes hazañas, las cuales, sin embargo, no parecían tener un objetivo claro («No se sabe hacia dónde, pero se ha movido»).

Iliá Múromets es constantemente analogado en la literatura rusa. En la primera mitad del siglo XIX nace el personaje arquetípico del «hombre superfluo», un individuo que prácticamente «no hace nada». En Yevgueni Ónegin, el poema novelado de Pushkin, el protagonista, siendo aún muy joven, se retira a su finca del campo, donde transcurren sus días sin propósito definido. Lo mismo ocurre con varios personajes de Turguénev hasta llegar al punto culminante de Oblómov, el individuo apático de la novela de Gonchárov, que se pasa los días tirado en un diván hasta que se enamora de una joven y entonces comienzan sus andanzas ¿Qué decir de algunos personajes de Dostoievski que tardan mucho tiempo en madurar sus «ideas» y sus «planes»? En Los demonios, Stepan Trofímovich Verjovenski tarda veinte años en declararse a Várvara Petrovna. 

Hay algunos acontecimientos de la historia militar rusa que pueden verse también como análogos de la leyenda de Iliá Múromets, su indolencia inicial y su posterior actividad que no parece conocer mesura. Los largos años que tarda Pedro el Grande en derrotar a los suecos durante la Guerra del Norte; la supuesta inoperancia de Kutúzov ante Napoleón hasta que el zar le obliga a dar batalla en Borodinó; la «pachorra» en la preparación de Port Arthur y en completar el ferrocarril Transiberiano antes del ataque sorpresa de los japoneses en 1904. 

En parte como propaganda occidental funciona el mito de que, tras conocer el inicio de la Operación Barbarroja en 1941, Stalin se habría recluido durante diez días en una dacha, abatido, hasta que sus mariscales lo sacan a rastras de allí, como los monjes que curan a Iliá Múromets de la enfermedad. Lo mismo dijo la prensa occidental de Putin cuando comenzó la Operación Militar Especial y sufrió reveses durante los primeros días.

No hay ninguna evidencia de que esto fuera así, y con toda probabilidad es un invento de la propaganda de guerra, pero no deja de ser curiosa la analogía con la leyenda. Así, la guerra de Ucrania puede verse como una rectificación rusa de un quehacer que no es propio de su carácter: la guerra relámpago de estirpe «occidental». Tras el fracaso de las negociaciones de Estambul en abril de 2022, Rusia adopta una estrategia de guerra de desgaste larga, muy larga, hasta el punto de que para un observador occidental, incluso para aquellos que mejor conocen el país, se parece más a apatía que a estrategia deliberada, y de ahí su exasperación. A ello se suma el hecho de que, al parecer, el Gobierno ruso no tiene un objetivo definido de su acción  militar. ¿Hasta dónde llegará su avance? ¿Tomarán Odesa? ¿Llegarán hasta la frontera occidental? ¿Qué pasará con Zelenski? ¿Cuál es el final de todo esto?

Rusia actuaría como una fuerza aturdida, sin fin preciso; una acción irracional de la que no se ven los límites, como los límites difusos de la propia tierra rusa, como las acciones del héroe Iliá Múromets, cuyo caballo es capaz de llegar de un solo salto a la cima de una montaña. ¿Para qué? ¿Qué más da?

Estamos sin duda ante toda una rapsodia de razones objetivas por las que, a nuestro juicio, Rusia va lenta, y qué duda cabe de que el «carácter del pueblo ruso» puede tener algo que ver con la leyenda susodicha. Quizás los más impacientes deban darle dos vueltas al mito de Iliá Múromets y la historia de Rusia para comprender, como elemento adicional de análisis, la situación de la Guerra de Ucrania.

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