Arramplar con el cobre (sobre el fin del imperio)

Sobre el reparto desigual en las sociedades especulativas, el fin del imperio anglosajón y el «auge de los populismos» de la «extrema derecha»

En el año 2002, la serie animada The Simpsons emitió uno de los mejores episodios de su dilatadísima vida en televisión, el titulado en España «Papá rabioso» (episodio 18 de la 13ª temporada). En el mismo, Bart crea un cómic basado en los ataques de ira de Homer llamado «Papá Rabioso» (Angry Dad). Una startup de entretenimiento en internet (llamada BetterThanTV.com) lo contrata para convertir su cómic en una serie web animada. Cuando Bart va a cobrar, los ejecutivos le pagan con acciones de la empresa en lugar de dinero real. Los ejecutivos de la empresa imprimen y reparten los certificados de acciones en un rollo idéntico al del papel higiénico, presumiendo su futuro valor. Lisa incluso cuestiona el plan de negocios, pero ellos, en lugar de responder, simplemente le regalan más millones en acciones. Al poco tiempo, la empresa se queda sin fondos, se declara en quiebra total y los ejecutivos huyen desmantelando la oficina, llevándose hasta el cobre del cableado de las paredes y dejando a Bart con un papel higiénico de acciones que vale cero dólares.
Arramplar con el cobre es lo que está haciendo la élite que dirige el imperio anglosajón ante su más que inminente quiebra. Y lo mismo está ocurriendo con las élites que dirigen los países vasallos del imperio, de ahí la sensación de fin de época que se ha apoderado de una gran parte de la opinión pública de dichas sociedades. La crisis de las democracias implantadas tras la II Guerra Mundial, con la inestabilidad de sus gobiernos y el desplazamiento de los ejes políticos tradicionales no tiene que ver con la impaciencia de la población ante la lentitud del sistema democrático en solucionar sus problemas, como erróneamente plantea Jesús Casquete en su libro Democracias estresadas (Akal, 2026), ni tampoco con la llegada de líderes débiles o con la inherente incapacidad del «socialismo» como señalan los popes del pseudopatriotismo liberaloide.
En general, una inmensa mayoría de comentaristas hace el diagnóstico equivocado de nuestro tiempo, achacándolo a factores internos al propio sistema que se resuelven con un mayor fortalecimiento de los mismo presupuestos ideológicos que están generando la crisis. No asistimos al colapso de la civilización, sino al colapso normal y esperado de un imperio, el anglosajón, cuyo sistema real siempre fue la depredación. Los recursos del planeta son finitos, y las sociedades políticas siempre han competido entre ellas por su control (por razones, si se quiere, biológicas).
En 1945, EE. UU. poseía la mayor flota marítima del mundo, más de la mitad de la capacidad de producción y un acceso privilegiado a enormes cuotas de mercado merced a la caída definitiva de los imperios coloniales. Solo el bloque comunista le estaba vedado. Esto acabaría en 1991, lo que dio paso al frenesí económico de los noventa, pero en el que se aceleró la financiarización de la economía estadounidense. Es decir, EE. UU. dejó de ser en un país productor de cosas para convertirse en un especulador sobre bienes que ahora producen otros.
Esta situación implica necesariamente el lento trasvase de recursos de unas sociedades a otras, de los especuladores a los productores. Pero la imagen es más compleja, y aquí está la clave de lo que estamos viviendo. Las sociedades occidentales que han pasado a ser especuladores o rentistas aumentan de forma dramática su desigualdad interna. Al despojar a grandes partes de la población de una economía real productora de bienes y posteriormente arrebatarles sus bienes restantes mediante la economía financiera, las élites que acumulan este capital se ven acuciadas por un desequilibrio, una agitación, inquietud y descomposición social creciente. Es decir, de todo el pastel que antes se repartían el imperio y sus vasallos, no solo se ha reducido una parte considerable, sino que la parte restante está internamente dividida de forma harto desigual. Es una lucha por el cobre. Cuando te quedas sin nada, solo queda volver a lo básico, de ahí que EE. UU. esté reafirmando su control sobre Hispanomérica y saqueando sus recursos restantes de manera descarada: Venezuela, Bolivia, Argentina, etc.
Tanto la guerra de Ucrania como el conflicto en el Golfo Pérsico han desvelado las vergüenzas de la economía estadounidense y europea: se han quedado sin capacidad de producción.
En esta situación, las poblaciones occidentales cada vez más desposeídas ven con desaliento cómo sus condiciones económicas no dejan de empeorar, comprueban que su entorno social se deteriora por la inmigración masiva (fomentada por los empresaurios que quieren evitar con ello que se reduzcan sus márgenes de ganancia) y que el sistema político nacido en un contexto de auge de la economía real no es capaz de enderezar la situación, excepto emitiendo una deuda que ya es impagable y que llevará a la quiebra.
No, «la democracia» no va a solucionar esta situación aunque los ciudadanos sean más pacientes que el santo Job, porque la democracia, desde la Atenas de Pericles, siempre ha sido un sistema depredador en el que una oligarquía domina suficientes recursos y riquezas para repartirlos entre ellas y proporcionar un cierto nivel de vida al resto de la población. Cuando esos recursos se reducen, llega la crisis. Nada funciona como antes, crece el descontento y, con cada cambio de gobierno democrático que no puede mejorar el estado de cosas, más sectores de la población advierten que el sistema no responde a sus necesidades más básicas, de ahí que comiencen a aparecer no «partidos populistas» ni la «malvada ultraextremaderecha», sino sencillamente movimientos que se salen del marco establecido por la oligarquía democrática para el reparto de bienes, y que la misma oligarquía tratará de cooptar como sea.
Esto es lo que están viviendo las sociedades occidentales. Una reducción de la riqueza que acabará con el sistema actual nacido en una situación boyante y que ya no responde a su realidad material. No es el fin de la civilización, es el fin del imperio actualmente existente y el traspaso del poder y la riqueza a otros polos: principalmente Eurasia, donde están las sociedades que no solo tienen recursos naturales sino también recursos humanos e industriales propios de una economía real.
Sé que el cuadro es más complejo todavía, pero desde luego quería dejar claro que las categorías políticas por las que muchos intentan explicar lo que ocurre son mercancía averiada, cuando no intoxicación interesada.

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